domingo, 17 de octubre de 2010

Peter y Wendy.



Hubo un tiempo en que crei haber destruido todo aquello que nos hacía especiales. Eso que hacía de una sonrisa y una mirada, todo. Sabes esa sensación de estar perdiendo algo y no saber como remediarlo. De mirar desde lejos como se derrumba el mundo y no poder gritar, no poder decir “No te vayas, no me dejes”. Una ansiedad que me quemaba más que todo el alcohol que podía soportar.
Sentirme morir por un momento, para siempre. No poder soportar la decepción en tus ojos, y ahogarme las lágrimas con el humo del tabaco.
- Perdóname... prometo compensarte.
- No importa, no cuenta...
Pero volví a encontrarme, a encontrarte y descubrí el secreto de ese nosotros tan nuestro y tan extraño. Eso que creí que nadie entendía, solo tú y yo. Me di cuenta de que no era así, somos tú y yo, sí, pero dentro de algo más grande que nosotros. Formamos parte de un mundo que se quiebra si sólo le falta una pieza. Somos así por ser quienes somos, por donde estamos y con quien. Por todas y cada una de las personas que nos cuidan y que Dios sabrá por qué, nos entienden. Es esa magia que se crea a partir de una vida que hemos ido tejiendo poco a poco, a lo largo de los años, y que sin saber como se ha vuelto perfecta. Un pequeño remanso de paz en este mundo de locos que nos quema, que crei que podría con nosotros. Pero no, no pudo. Gracias a Dios aún existe ese lugar donde volvimos a ser eternos. Como antes, como siempre. Para poder decir bien alto “Ahora sí, aquí es donde quiero estar.”
Creí que la huida me salvaría y lo que me salvó fue volver. Volver para reencontrarme con ese mundo habitado por diez personas donde tú y yo podemos brillar. Ese pequeño Nunca Jamás donde volvemos a ser niños, a jugar queriendo creer que la vida real es mentira. Dónde tu quieres volar y yo me hago mayor...
  • ¿Qué te ocurre, Peter?
  • Estaba pensando... todo esto es mentira, es solo un juego ¿verdad, Wendy?
  • Claro que sí...
.. pero donde al final, aunque pasa el tiempo, siempre encuentras mi ventana y una vez más me pides que vuele contigo.
García Montero escribió “Recuerda que yo existo porque existe este libro, que puedo suicidarnos con romper una página”. Quizá tu y yo existimos sólo en ese mundo minúsculo y pequeño, pero que importa, si es nuestro. Encontré el lugar para reir y soñar, para bailar siempre, para abrazarte y que me abraces, para que me beses en la frente y me hagas girar, para ver el mundo con tus ojos, para mirarnos sin pensar en nada. Quizá nunca tengamos el final perfecto, porque el cuento siempre acaba igual...
  • Adios, Peter.
Pero ya sabes eso que dicen, los cuentos de hadas al final no siempre son lo que uno imagina, lo de ser felices para siempre suena genial, pero quizá sea suficiente con ser felices en el momento.
- Te dije que te compensaría...

domingo, 10 de octubre de 2010

Llueve.




A veces pienso que es esta ciudad, que me quema, me estresa, me agobia y me duele. Sí, creo que es esta ciudad. Esta ciudad que podría llevar cualquier nombre, cada uno de los nombres de todas las ciudades en que no estas. Porque no es la ciudad, es solo que me faltas... para que salga el sol cada mañana, para sonreir. Me paro a pensar y recuerdo, recuerdo cuando no pensaba en nada. Cuando todo era reir hasta que me dolieran los huesos, beber y fumar, cantar de vez en cuando, bailar, sonreir, caminar a paso firme, volver a reir, mirarte sin que me vieras, y mirarte para que me miraras. Eso era todo en veinticuatro horas de cada día, en ochentyseismil cuatrocientos segundos. Creo que si eso no es la felicidad, se le debe parecer bastante. Espero que se le parezca.
Ahora es como si todos los pájaros de esta ciudad aletearan en mi cabeza, y todo salta y estalla. Trato de detenerlo, pero no puedo. Debería estar bien y muchas veces lo estoy, pero entonces, de repente, empieza a llover. Aunque este brillando el sol, aunque haga cuarenta grados de calor, de vez en cuando me llueve. Es de esas veces que uno no sabe lo que le ocurre, o aún peor, lo sabe, pero no sabe por qué. Algunos problemas simplemente no existen, la única verda, lo único que nunca se arregla es que la gente se muere. Y sin embargo a mi los granos de arena se me hacen montañas de la nada, emergen ahí y ya no puedo sacarlos, y no paro de darle vueltas a todo. Al por qué de cada palabra y cada gesto, al dónde, al cuándo, a todo... me parece que lo hago solo para no buscarte detrás de cada esquina, para no pensar que no estas aquí. Porque hay días en que ya no pienso en ti, pero no porque te haya olvidado. Es solo mi forma de guardarte para siempre. Cuando uno piensa demasiado las cosas, da tantos giros de tuerca al mismo tornillo que al final la madera se parte y yo no quiero que te partas. Quiero tener para siempre el recuerdo de esa sensación tan parecida a la felicidad. Para que nunca puedan robármela. Para cogerla cuando me haga falta, para cuando llueva, para saber que se puede reir hasta no pensar en nada.