Me alegra saber que aún queda algo de aquel lugar mágico que un día creamos. Las ruinas de Nunca Jamás se presentan antes nosotros. Una sonrisa escondida entre los huesos y el alma. Asúmelo, nunca seremos simples, ni normales, nunca seremos lo que el mundo espera de nosotros. En algún lugar, quizá muy lejos de aquí, sobre cualquier estrella bailaremos de por vida. Viviremos eternamente congelados en aquello que pudo ser, consumidos entre cenizas, riendo en cualquier bar, rendidos a la eternidad de esperar caer un satélite. Nadie nos escribió el final del cuento donde todo estalla entre risas y alcohol. Supongo que no lo necesitamos. Sentirnos en una caricia en la espalda, un llanto ahogado, la mirada que atraviesa la calle, buscarnos tras cualquier esquina. Todo y nada fuimos siempre. Sombras de cada instante en que pudimos ser perfectos. El final feliz no era nuestro, que importa. La mirada furtiva, tapada de alcohol y lágrimas, el empezar de nuevo otra vez. La mentira bramando por los poros, el poder gritarte que no te necesito aunque no sea cierto, las sonrisas condescendientes, el saber estar siempre. Empezar de nuevo una y otra vez hasta reunir el valor de derrumbar los muros, de quebrar toda la poesía en un segundo. Ser y estar, creer y vivir de nuevo. Quizá las lágrimas me guien siempre hasta tu regazo, al hueco de tu espalda, a tus besos en la frente, tu brazo cruzando mi espalda. Todo y nada en un solo momento. Tus mensajes siempre quebraran mis costuras y mis huesos, esperaré tu presencia detras de cualquier muro, surcaré todas las calles en busca de tu sonrisa. Quise empezar otra vez, volar y reir, pero no pude, no sé explicarlo, algo me agarraba, no me dejaba ir, quizá no me dejé llevar. Lo intenté y no pude, tal vez porque no quise... tal vez porque no lo necesitaba.
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