Siempre he pensado que la vida es como los castillo de naipes que uno construye cuando es pequeño. Cada día que pasa le añades una carta, y si tienes un buen día, dos o incluso tres. Pero en cualquier momento puede que algo o alguien mueva la mesa y todo se venga abajo, como me paso a mi, se me derrumbó el castillo. Y ahí me quedé tirada en medio de ninguna parte, descubriendo que toda la tristeza del mundo cabe dentro de cuatro paredes. Y me fui, huí. Hacia cualquier lugar, hacia lo que fuera que la vida me deparara y la vida me dejó aquí.
Cogí mis viejas cartas y traté de reconstruir mi castillo. ¿Has probado alguna vez a pegar un jarrón hecho añicos? ¿Sabes lo qué les pasa? que siempre falta una pieza, aunque sea minúscula, y ya no puedes ponerle agua porque se escapa, entonces... deja de ser un jarrón. Mi castillo también tenía fugas y grietas que no pudieron soportar la tormenta y se vino abajo, otra vez. Después me cansé, simplemente eso, me rendí.

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