Creo que a todos nos ha pasado alguna vez en la vida, que una mañana, cansados de la tristeza, los palos y la sangre, de las lágrimas y el mundo, un dice:
- Me voy.
- ¿A dónde?
- No lo sé, pero me voy.
Y uno se va.
¿A qué distancia vive el olvido? Puede que a la vuelta de la esquina, a dos semanas, un segundo o a 242 kilómetros.
Da igual cual sea el destino, decididos a irnos... ¡nos vamos!. Miramos una maleta vacia sobre la cama y toda una vida alrededor.
Empezamos...
Primero por la ropa, agarramos una prenda cualquiera “No, esto no, porque lo llevaba puesto cuando..., mejor esto, no esto tampoco porque lo estrené aquella noche que...” Nada, pasamos de la ropa por ahora.
¿Qué más? Algo de música, por ejemplo... miramos todos y cada uno de los discos, pero todos tienen algo que nos hace recordar. Es curiosa la música, porque uno puede escuchar la misma cancíón mil veces, hasta el punto de saberse la letra al completo y un día, de pronto, volver a escucharla y darse cuenta de que nunca se habia parado a pensar en que decía “Parece que habla de mi...”. Pasa que se suele asociar canciones a los momentos y a las personas, no tienen porque ser sus favoritas, alomejor nisiquiera las conocen pero puede que fuera la canción que sonaba la primera vez en que le viste, o no, simplemente una canción que sonaba en la radio mientras hablabais, o una canción que odiaba, tal vez solo te parece que habla de esa persona, el caso es que en ese momento, esa canción toma una nueva propiedad y no puedes volver a escucharla sin que te recuerde. Asi que nada de música... seguimos, ¿Libros?.
- Bastante tengo con mis penas, para aguantar las de otro...
Terminamos por coger algún libro que ya hayamos leido, por si acaso nos viene el aburrimiento. Después de horas de vagar por la casa, miramos nuestra maleta: un libro ya leido, un cepillo de dientes, un secador, tal vez alguna foto, un par de zapatos...
- ¡A la mierda!
En un ataque de rabia cogemos toda la ropa que nos cabe entre las manos y sin doblarla la metemos en la maleta con furia. Es bien fácil hacer maletas si uno sabe donde va, si vas a la playa siempre necesitas un bañador, si va a hacer frio un abrigo, si vas a Londres imprescindible el paraguas. Pero qué demonios coges cuando no sabes a dónde vas, cuando lo único que quieres es empezar de nuevo, o lo coges todo o no te llevas nada, no hay más.
Segunda parte del problema. Una vez montados en el coche, ¿hacia dónde ir?, porque no existen caminos de baldosas amarillas. ¿Cual podría ser nuestra ciudad Esmeralda particular?
- No lo sé... ¿Portugal?.
Portugal suena bien, como Sabina. Pero ellos eran dos, y tu estas solo, asi que nada, descartamos a Sabina.
- ¿Y el sur?
Por qué no, Nacional IV alante y hasta que se acabe la gasolina. Parece una buena idea o quizá sea un suicidio, pero qué importa hacia donde ir si tampoco existe un lugar al que volver. Y empiezan a asomar los olivos que después se van tranformando en campos inmensos de girasoles. Brilla el sol, en ese tipo de días siempre brilla. Uno corre y llora bajo la lluvia, pero una nueva vida, siempre se empieza mirando al sol de frente. Y así recorres una distancia indefinida, simplemente hasta que te canses. De pronto una canción, siempre es la música ya lo he dicho. Una estrofa o una pequeña frase te hace pensar...
- ¿Aquí?... si, aquí estara bien.
Podría haber sido cualquier sitio, pero era ese.
El primer día es genial, porque todo parece perfecto. Esa sensación de que nada puede dañarte porque ya estas lejos. Se crean las espectivas, la incertidumbre... ¿Qué pasara mañana?. Al día siguiente te levantas, y el día sigue teniendo veinticuatro horas, y hace sol, y luego atardece y después, como siempre, vuelve a ser denoche. Los días, tristes o alegres, siempre tienen veinticuatro horas.
Cuando uno se marcha a una ciudad ajena a menudo sucede que en mitad de la calle ve los rostros de la gente que habitaba su ciudad, sabes que no son ellos, pero por un momento podría parecer que si. Y así sigues caminando hasta que un día en mitad de cualquier calle se te congela el alma, porque entre todo el tumulto de personas esta vez te tocó ver su rostro. Sabes que no es esa persona, pero... aún así vuelves a mirar, solo por si acaso, por si pudiera ser... por si padeciera la misma locura que tu y en un arranque hubiera decidido salir al mundo a buscarte y después de todo, te hubiera encontrado. Pero no lo es... simplemente se le parece, a veces nisiquiera. Eso solo ocurre en las películas, cuando el chico de pronto se da cuenta de que acaba de dejar escapar a la mujer de su vida y se lanza corriendo a las calles en su busca, siempre sabe donde encontrarla, siempre hay algún banco en un jardín, algún lugar especial...
En la vida real eso no ocurre, lo que pasa cuando huyes y no le dices a nadie donde vas, es que nadie sabe dónde estas. Y aunque a veces pudiera parecer que el mundo rebosa locura por todas partes, nadie esta tan loco como para buscar una aguja en un pajar, o lo que es lo mismo, a una persona en 149 millones de kilometros cuadrados de tierra, son demasiados kilómetros.
Es ahí cuando vuelve la congoja y la pena, las lágrimas que pensabas que ya no podías llorar. Ese es el problema de los fantasmas, que viajan contigo allá donde vayas. Nunca hay kilómetros suficientes para olvidar, para empezar de nuevo. Uno siempre lleva consigo sus pensamientos y a ellos no se los puede alejar... solo es tiempo, siempre es el tiempo. Porque uno termina por acostumbrarse a cualquier cosa, incluso a la ausencia...

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