Puede que ya no quede de ti, en mi, más que el recuerdo de mil noche infinitas. Aún así es bastante, sigue siendo suficiente.
No es más que el hielo en los vasos, el humo de un cigarro y un aprentón de manos a deshoras. Son las zapatillas de colores y una foto que cuelga de la puerta de un armario. Son mil cervezas y una llamada desesperada. Es sólo que siempre estabas allí. Es volver a sentarme en tus rodillas...
Aún te apareces dibujado en las sombras de los árboles y bajas conmigo todas las escaleras, cada mañana subes al bus y me observas. Te guardé en mi estantería de libros que aún faltan por leer y te sacaré cuando consiga el valor para volver.
A veces no puedo explicarlo, es sólo algo que me dice “Niña, no corras. No saltes. No juegues. Aún no es tarde. No empieces de nuevo porque nada ha terminado.”
Y ya no sé que creer ni que decir. No sé que hacer. Sólo sé que estuve allí y no tuve el deseo de parar el tiempo en los relojes. Podría haber sido un buen libro, pero no era un cuento. Era casi perfecto sin ser mágico. Éramos dos, pero no éramos tu y yo.
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