es hora de juntar las piezas y mirar al día de frente. No hay nada que no puedas tener, solo tienes que buscar bien.
Recuérdame que lo de ayer no se olvida sin querer... ni quiriendo. Todo es cuestión de intentar, de seguir. Caminar un día tras otro hasta encontrar un destino donde vivir para siempre. Donde cada día de luz sea como empezar de nuevo, donde volar tan alto que nadie pueda alcanzarte, nunca más.
Éramos uno y uno y luego dos... o tres, tal vez fuimos tres. Pero el tres se hizo par y fueron dos. Pero no fuimos dos, nunca, ni tu, ni yo. Desconexión en el tiempo que nunca nos dejó pertenecer al mismo instante, cuando llegué ya no estabas y me fui antes de tu regreso, me fui para volver tarde. Para nunca ser dos, ni tres, siempre uno. Yo.
Más cerca cada vez de un sueño sin adios. Entre toda esa gente tu me ves atravesar la puerta, agarrada al telefóno y ahí quedé en un instante donde todo desapareció, la música se detuvo.
- Te pillo en mal momento?
- Si, un poco...
- Te llamo después.
Tres cervezas en la mesa y miradas cruzadas de punta a punta. Un pie en la puerta al borde de desaparecer para siempre, solo un segundo, un instante donde nos cruzamos, en la mirada ahogando todo lo que nunca dije. Observando desde fuera el último instante dónde fuimos tu y yo. Alcé la mano y sin sonrisas, sin nada más, me di la vuelta y me fui. Y ahí quedamos despedidos sin decir adios.
El doble filo de un amor real, que de tan cierto nos dejó abandonados a nuestra suerte en cualquier esquina de esas en las que soliamos bailar. Donde tus cuchillos cortaron la falta de tacto en tus palabras y el mundo se vino abajo. Es decir, se vino a donde estaba, a donde siempre estuvo. Porque no hubo nada de cierto en todo lo que no existió más allá de mi pena y tu extrañeza, de mis ganas y tus faltas, de mi corazón y tu cabeza, de mis manos y tus ojos.
Actores sin guion, un mundo teatral en el que jugar a ser todo eso que nos falta en nuestras vidas. Un lugar para agarrar todas las flores que dejamos marchitarse en la ventana. Allí donde soliamos fingir que no habia nada más allá del suelo bajo nuestros pies, nos gustaba creer que podríamos existir así para siempre, viviendo todo el universo dentro de una casa de cristal que no resistió la tormenta.
... función sin hora de empezar. Pero sí de acabar, acabó aquello que nunca fue, que nunca existió fuera de nuestras miradas. He de irme... se me olvidó que tengo que ordenar la habitación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario