Era tan simple... la felicidad. Era tan simple y tan absurda. Era buscar cualquier excusa para hablarte. Esperar en la puerta de casa, cada mañana, para verte pasar. Custodiar el teléfono para escuchar tu voz.
Nadie nos dijo que a veces la cosas se tuercen, a veces, simplemente desaparecen.
Aún te veo sentado sobre el césped cantando mil batallas. Y me gusta pensar que en algún lugar sigues haciéndolo.
Nunca quise saber que fue de ti, quizá por no pensar lo que pudo ser de mi. Así es más fácil. Cada uno puede recordar la vida a su manera y a mi me gusta recordarte así, fanfarrón, engrido, tierno, a veces triste... como un ángel sin alas. Quiero pensar que llegará el día en que todo se compense. En que la vida vuelva a ser tan fácil, en que la felicidad se enconda detrás de un “hola”. Quisiera volver a llenar cuadernos con tu nombre y escucharte detrás de cada canción. Dibujarte en una pared y soñar con que un día me salves de un abismo.
Quisiera haber parado el tiempo en los relojes antes de descubrir la otra cara de la luna. No preguntes por qué, es sólo que hoy me dio por volver a tener quince años...
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